domingo, 21 de abril de 2013

La leyenda del marinero y la sirena

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Cuenta la leyenda que Odracir, un rudo marinero bragado en mil batallas con las olas y entrado en canas, soñaba que veía a una sirena. Era de piel oscura, mitad debido a la continua vida a bordo y la otra posiblemente porque, a pesar de ser de padres cristianos, siempre sospechó que entre sus antepasados se coló un berberisco o sarraceno, del que también heredó unos inmensos ojos azules únicos, que su madre no lograba identificar en la familia.

El mar era su vida; las aguas, decía, dieron color a sus ojos y el sol a su piel. Nunca pasó miedo, ni tormentas, ni capitanes innobles pudieron con él; pero la noche, el sueño, encontrarse taciturno con su sirena le hacían temblar. Se despertaba sudando, abría sus ojos turquesa, se erguía y la llamaba. Era tal su obsesión que en sueños le había puesto nombre: Yanira; era su musa, su dueña, su amor.
Había nacido en tierra antigua y salada, visitada por tartesos y fenicios, nombrada por cartagineses, situada por célebres geógrafos griegos e invadida por tropas romanas. Era del sur de la vieja Hispania, de la costa que guardaba para sí un pequeño mar menor, una laguna al sur de la gran albufera. Mamó salitre y comió garum, de pequeño participó en procesiones que llevaban a santos y vírgenes rescatados del agua, oró y lloró por marinos y aventureros que cruzaron los confines del mundo, pero nunca antes, ni de tierno infante, había soñado con sirenas.
Decidió su oficio tan pronto como su altura inaudita y su inteligencia sobrenatural le permitieron ganarse el primer sustento. Con sólo nueve años era mas alto que el capitán del barco, menos experimentado pero mas entusiasta, muy dispuesto y sobre todo muy feliz de poder navegar. Años después admitiría que la sal marina era el alimento de su alma, que los alcatraces y las fragatas le hacían ser libre y que todo aquello le daba mas vida que cualquier otra cosa. Empezó aprendiendo a pescar distinguiendo tamaños, tonos, branquias y espinas, y acabó enrolado a sueldo, cuando ya no pudo seguir en su oficio, acompañando a viajeros y soldados que necesitaban cruzar el océano.
El miedo parecía que no le había tocado en el reparto genético, pero sí mucho entusiasmo y un carácter que le permitía ganarse a compañeros, a patronos y a cómitres. Siempre tuvo como lujo que ninguna mujer se le había resistido, no sabemos si porque ansiaba a pocas o porque tenía un éxito sin igual. Sólo la sirena se le escapaba; daba igual como la soñara, siempre desaparecía nada mas verla. Tenía un rostro blanco nival, unos preciosos ojos verdes como las aguas del trópico y una adorable sonrisa. El pensaba que era una sirena porque siempre la ensoñaba saliendo y entrando del agua, pero jamás la vio de cuerpo entero. Tras la visión se despertaba sudoroso, gritando su nombre, muerto de dolor por la reciente lejanía de la que ahora era la dueña de su alma.
Odracir la pintaba para verla, la soñaba para poder tenerla siempre con él, pero nunca supo dónde la había visto por primera vez, si fue despierto o durmiendo, si el encuentro inicial había sido en tierra o en el mar. A veces, cuando le preguntaban por su sirena, no sabemos si para fabular o para intentar convencerse, contaba que la había visto en la isla de las tortugas gigantes, y de tanto contarlo se lo creyó, por lo que terminó amando a las aves, los peces, las tortugas y a todo cuento aparecía rodeando a su dueña. Las iguanas marinas le parecían seres mágicos porque eran las precursoras de la aparición de Yanira.
Sin mucho esfuerzo, como si lo hubiera hecho antes, aprendió a cartografiar el océano, y en las cartas de marear incluía siempre a su señora, en forma de sirena, porque creía que pintando su morada sería mas fácil convertir su sueño en realidad, y que marcando en un papel su existencia, ésta cobraría vida.Pero también la buscaba en el mar, en la costa, en los ríos y en los lagos. Recorrió el Mediterráneo buscándola, llegó a Grecia y a Turquía, y allí, entre sus habitantes, encontró que tenían rasgos parecidos a los suyos, pero él no buscaba antepasados, sino a su señora. Y cuando creyó que en ese antiguo mar no estaba, pasó buscarla en el reino de Saba, en las fuentes del Nilo, en las penínsulas asiáticas, en los antiguos reinos chinos y en las islas del Índico.
-Como sólo navegaba, buscaba y soñaba, terminó confundiéndose: creía que estaba en el mar cuando se echaba a tierra, soñaba que buscaba y buscaba, soñando, encontrarla. Viejo y cansado hizo un pacto con Poseidón, el dios del mar: se entregaría para siempre a las aguas si conseguía verla despierto sólo una vez. El dios aceptó el reto y buscó a la sirena, preguntó a parcas y musas, llamó a Ulises para saber si la había encontrado en su largo periplo. Mandó a delfines, a ballenas y a lobos de mar en su busca, pero Yanira no se hallaba. Convocó a dioses y semidioses, a consejeros, copistas, escribas y visires. No se atrevió a invocar a los dioses de las religiones del libro, siendo los únicos a los que no osó a preguntar.
-Frustrado recordó que en Alejandría había un sabio, Calímaco, el bibliotecario, del que se decía que se había leído todos los pergaminos de la gran Biblioteca, y lo llamó para pedirle ayuda. Estaba ya medio ciego y para su desgracia había presenciado la destrucción de la colección, pero conservaba sus Pinakes, un largo catálogo en el que describió todas las obras que llegaban, ya fueran de las naciones del occidente o del oriente, del norte o del sur. -----Ayudado por Hipatia buscó durante meses el rastro de la sirena, hasta que por fin recordó que hacía mucho tiempo una sibila le entregó, con objeto de que se conservara para siempre en la insigne biblioteca, un rollo de pergamino. Cuando lo abrió, Calímaco no encontró nada escrito y la vieja sibila le dijo que los dioses prohibieron que se contara, pero que su última voluntad fue que existiera un testimonio de la bella y triste historia de su hijo. Cuando el pergamino se calentaba aparecían las letras, para que éstas desaparecieran sólo había que acercarlas al agua y la humedad las borraba de nuevo. 


-Odracir era una reencarnación, el 5º varón al que una ninfa había insuflado la esencia de su amado. Éste se llamaba Janófaro, era un joven y bello marinero eritreo, hijo de la sibila del lugar, que, minutos después de concebirlo, supo que el fruto de su amor con el dios Apolo sería un semidios inteligente y hermoso, y que ello despertaría pronto las envidias entre seres mortales y divinos. Por ello, para proteger a su retoño, decidió ocultar el embarazo y contó a todos que al hermoso niño que llevaba entre sus brazos, de ojos azules como el mar, lo había encontrado en las orillas del mar Jonio. Pero Janófaro había nacido de madre mortal una noche de conjunciones astrales favorables, durante el equinocio de primavera, y de sus progenitores había heredado la belleza de su padre, el dios Apolo, y la inteligencia y el don de gentes de la sibila eritrea, y de la tierra en la que nació había respirado la sabiduría de los maestros de la escuela Jonia, la que reunió a Tales, a Parménides, a Anaximandro y a los mas sabios de todos los presocráticos.
-El semidios, ignorante de su auténtico origen, siempre creyó que él había surgido de las aguas. Por ello salía cada mañana a ver el mar, a buscar sus vientos, amaba la tempestad y el oleaje, adoraba a los peces, las aves marinas y los crustáceos. Pensaba que su madre era una ola y su padre un delfín. No temía navegar con terribles tormentas porque, esta aparente ira, era para él su energía vital. Terminó aprendiendo el lenguaje de las aves, sabía cómo predecir tormentas y el color exacto que el cielo tendría al día siguiente.
-Janira (o Yanira), la ninfa etérea, una de las hijas de Nereo, el antiguo dios del mar, en uno de sus paseos por la orilla vio un día reflejado el hermosísimo, sereno y tierno rostro de Janófaro, el mas bello que jamás contempló, y se enamoró de él. Todas las mañanas acudía a observarlo, pero él no la veía porque era incorpórea, sólo tenía espíritu.
La ninfa, viendo la plenitud del dueño de su corazón y su pasión por el mar, pensó que si se le aparecía en forma de sirena sería fácil conquistar su amor. Janira era muy hermosa, de piel blanca y ojos verdes, aunque sólo era visible para las deidades, y el dios Apolo la pretendía de forma insistente. Un día Janira ya no pudo aguantar mas y le confesó que lo rechazaba porque estaba enamorada de un mortal jonio bello y tierno. Apolo buscó uno de los rayos del Olimpo, y cuando la ninfa tomó forma de sirena, loco de celos, clavó a Janófaro, su propio hijo, un rayo mortal.
-Su madre, la gran sibila, sólo llegó a tiempo de llorar el cadáver y de maldecir a Apolo por su horrendo crimen. Cuando el dios se enteró que era su hijo, arrepentido, intentó salvarlo, pero sólo pudo recuperar su esencia. Iracundo y violento negó a la sibila, echó una maldición a quien osara escribir sobre el asunto y en un instante de lucidez, tras el inmenso dolor que tenía, entregó a Janira la esencia de Janófaro. Le concedió el don de poder verlo sólo una vez cada 100 años, y por ello la hija de Nereo vaga errante por la costa buscando una mujer preñada de rostro mediterráneo, como el de la sibila, en la que insuflar la esencia del semidios, con la esperanza de poder volver a verlo.

-En el pergamino que la sibila entregó en la Biblioteca de Alejandría aparecía, según recordaba Calímaco, una frase final, a modo de advertencia y de señal, para todas las madres cuyos hijos se parezcan a Janófaro, para que sepan que son herederos de una antigua y culta raza de semidioses, de la dinastía de las mujeres adivinas y también para que invoquen a las fuerzas cósmicas con la secreta esperanza de que nunca una bella ninfa con forma de sirena los mire y se enamore de ellos.


Fuente: http://www.facebook.com/HistoriasMitologicasYFantasias